Vivimos el futbol, lo consumimos, lo practicamos, lo admiramos e idolatramos tanto el juego en sí como sus jugadores. Hasta este punto no hay nada extraño que no genere ya de por sí atención de las masas.
La controversia viene dada cuando asignamos a los protagonistas del balón un rol que ellos no han solicitado en muchos de las casos, y es el de convertirse en espejo o en un canon educativo.
Analizamos, repasamos y juzgamos cada gesto del futbolista, tanto dentro como fuera del campo. Buscamos el bien y el mal en sus acciones y debatimos sobre los infinitos matices que una acción conlleva.
Si analizamos fríamente esta situación estamos sobrecargando de responsabilidad cívica a unos chavales que deberían de tener como única preocupación ser profesionales y realizar con esmero y acierto la práctica del balón.
Son deportistas no educadores.
Los medios publicitarios nos venden a un jugador como un ejemplo a seguir en todas sus facetas, nos regalan la visión más ambiciosa y poderosa del mismo, invitándonos a intentar llegar a ser como ellos. El proyecto publicitario es impecable de no ser porque son seres humanos y no maquinaria robotizada y cada domingo deben salir a competir, y es ahí donde las pulsaciones se aceleran, la presión se hace insoportable, la ansiedad se apodera del organismo y afloran los sentimientos más dispares.
En definitiva una bomba de relojería difícil de controlar y que puede tener como consecuencia un gesto, una acción que desmorone cualquier campaña publicitaria y que adquiera una relevancia suprema que los medios de comunicación se encargarán de otorgarle.
En definitiva una bomba de relojería difícil de controlar y que puede tener como consecuencia un gesto, una acción que desmorone cualquier campaña publicitaria y que adquiera una relevancia suprema que los medios de comunicación se encargarán de otorgarle.
Mi reflexión versa a cerca del peligro que supone establecer modelos predefinidos a imitar sobre personas que apenas conocemos y sobre la que nos venden una visión subjetiva y que puede que irreal. La maquinaria publicitaria puede hacernos cambiar la visión que tenemos, hasta que ésta es irreversible y la aparta como un juguete roto.
En definitiva los deportistas representan la vida sana, el afán de superación la competitividad, una serie de valores que dignifican a la persona y pueden ser inculcados en nuestra sociedad. Pero solo hasta ese punto, no se puede correr el peligro de traspasar la frontera del respeto y el reconocimiento y adentrarnos en la idolatría unipersonal. Corremos el riesgo de que se nos caigan los dioses y estos no merecen tanta presión y nosotros no somos marionetas.